Capítulo 46

miércoles, 17 de junio de 2009

La seguí viendo, pero ya no en el Parián. La segunda vez que la vi fue porque la fui a buscar a su casa. Me abrió su hija, como que yo no le agradé en ese instante pues fue a buscar a su madre con no muy buenos modales.

La invité a salir, pero ella no podía porque no tenía con quien dejar a sus hijos. Le dije que nos los lleváramos por una nieve. Ella aceptó con gusto.

Y así nos vimos otras tantas veces, a veces con los niños y a veces sin ellos. Trabajaba medio turno y obtenía dinero cada mes de la pensión de su difunto esposo. No era la gran cosa pero no tenían necesidades.

Aquello era muy extraño, no sé porqué le dije mi verdadero nombre, pues aunque mucha gente lo sabía sólo a mamá Juanita (qepd) y Elizabeth les permitía que me dijeran así. Ahora a ella también… y a los niños que comenzaban a tomarme cariño.

Me contó del tipo que la había dejado sola en el Parián, me dijo que lo había conocido en el trabajo. Le pregunté en dónde trabajaba. Fui un día y ubiqué al tipo y me fijé que carro manejaba. Fui al segundo día y lo esperé en su carro. Le pegué sabroso, y el tipo como costalito de box, ni las manos metía. Me pidió perdón y le dije la frase como de película que tanto me gusta: “perdón nomás se le pide a Dios, a mi pídeme caridad y a ella pídele disculpas”. Se creía muy guapito, nomás por eso le tumbé tres dientes. Ella se enojó conmigo… o hizo como que se enojó porque por dentro le había gustado.

Uno de los días que habíamos podido salir solos y que íbamos regreso a su casa, ella me dijo “da vuelta a aquí”. No pensé en nada, tan sólo obedecí las órdenes.

Seguí manejando con las instrucciones que me daba hasta que por fin llegamos hasta el motel que habíamos pasado el primer día que la conocí, cuando la habían dejado sola en el Parián. Dijo que nos metiéramos. Y yo ¿qué otra cosa podía hacer más que obedecer órdenes?

Entonces comprendí porque ella era tan joven y tenía dos hijos. Se movía como diosa. El cabrón de su difundo marido no podía tener tanta suerte, por eso se murió pronto. Ella sabía que era lo que querías, cómo lo querías y durante cuánto tiempo. Duramos alrededor de una hora y media pero más por méritos de ella que por los míos. No sé que fue lo que hizo para que la cosa durara por tanto tiempo. Jamás me había sucedido algo tan grandioso. Con otras mujeres hice el experimento de comer lo mismo que aquel día, para ver si duraba lo mismo. Llegué al extremo de hacer exactamente lo mismo, levantarme a la misma hora, comer a la misma hora, la misma comida e incluso llevarlas al mismo motel. Jamás logré algo parecido.

Cuando terminamos después de esa larga jornada, busqué un cigarro en su bolso, pero no traía, por lo que me quedé mirando como un tonto hacia el techo. Ella recostada en mi pecho y los dos en silencio. Hasta que todo se derrumbó. Me dijo que me amaba, que no había encontrado a alguien como yo. Que daría todo por mí.

Me asusté, así fueron las cosas: me llené miedo. La llevé a su casa, le dije que iba por unos cigarros, que volvería. No lo hice, me fui para el 14 y no regresé. Pero al menos yo si la había dejado en su casa. Al menos yo, sí pagué la cuenta.

5 comentarios:

NTQVCA dijo...

¿al menos?...mmmhj!

Violent Act Of Beauty dijo...

O_O

zaz mi lover, no se que decir, buenos motivos haz de haber tenido, saludos y aqui seguimos al pendiente

Almendra dijo...

Hombres, hombres!! Por qué ese miedo??
Excelente post como siempre

Alter Ego dijo...

¡No mames cabrón!

¿Cómo qué "...al menos..."?

Saveur de Sexe dijo...

jajajaja.

"Entonces comprendí porque ella era tan joven y tenía dos hijos. Se movía como diosa. El cabrón de su difundo marido no podía tener tanta suerte, por eso se murió pronto."

Carajo, ese tipo de humor me exita tanto... wooo, ñam... slurp.