Capítulo 8

miércoles, 14 de noviembre de 2007

Perla, la nieta de doña Licha, aparte de ser piruja pertenecía a una banda de cholos que se hacíam llamar "Los pañales". Nombre bastante estúpido por cierto. Azucena, "Azu" para los compas, sólo se juntaba con una bola de mocosas que se querían sentir la crema y nata del barrio. Las dos morían por el niño rebelde y "malo" que le decían "Ches", un verdadero pendejo, presumido y pedante que se juntaba con otros mocosos y se hacían llamar los "Susto" y se dedicaban a montonear a otros morros.

Sucede que Perla y Azu querían echar pasión con el Ches, por lo que el idiota se sentía aún más soñado, deseado. Perla a sus 14 años ya era toda una maestra en el arte de pulir el cuete, por lo que se que ganó sin demora el aprecio del Ches. Azu se molestó bastante pues decía que ninguna negra le iba a arrebatar al Ches así que un día fue a ajerar a la Perla: "deja en paz a Ches pinche Perla o verás quien es la Azu" - "Uy sí, mira cuanto miedo te tengo pinche gata" Y en eso se terminó la premisa de lo que sería una buena pelea. Después de la amenaza Perla se ponía unas agasajadotas en frente de la Azu, nomás para darle más celos, pero Azu guardaba su distancia pues el Ches de una manera u otra seguía siendo novio de la Perla.

No pasó más de un mes cuando el Ches mandó directito a la chingada a Perla, cosa que Azu aprovechó y ni lenta ni perezosa se lo hizo novio. Perla había sido despechada y humillada en una misma semana, y una piruja de su talla no podía permitir tal falta de respeto. La primera que debía pagar los platos rotos era la pendeja de la Azu pues era la que interfería en el regreso de la relación enfermiza entre los dos adolescentes.

Apenas iban a dar las diez de la noche, estábamos todos en el barrio platicando en la calle, presumiendo de nuestros logros, de cómo habíamos logrodo huir de la chota, de quién había tirado más piedra ese día, más cois o más maría. En la vecindad ya hacían horas que las doñas estaban ejerciendo la profesión más antigua y el ambiente era como el de un día cualquiera.

A lo lejos justo por en medio de la calle y apenas iluminadas por una luz tenue del alumbrado público se alcanzaban a distinguir cuatro siluetas. Su paso era imponente, recio, con un objetivo; su presencia partía la calle en dos. Una flaca alta, otras dos siluetas anchas y una menuda que las dirigía. Era la Perla y las viejas de "los pañales". Sí, buscaban a Azu. A lo lejos el grito de guerra retumbaba el silencio:

- La que se va a tener que andar con cuidado eres tu pinche Azu, ya te tupió.

Ante la amenaza y para sorpresa de todos la Azu y sus amigas no se paniquearon, por el contrario, se irguieron haciendo notar sus apenas desarrollados senos y les contestaron:

- Pues ya me encontraste pinche negra, ahora a ver de a cómo nos toca.

Yo estaba recargado en la pared, pero al ver cómo se armaba la escena no pudo hacer otra cosa sino acercarme un poco al lugar y esperar a que empezara el show. Las leyes no escritas de la calle, no sugieren, sino que reclaman que ningún hombre se puede meter en las peleas de viejas, las peleas de mujeres son como las peleas de perros: prohibido meterse entre los contrincantes y atenerse a las mordidas, tú eres el que termina perdiendo.

Llegó la Perla a un escaso metro de distancia de la Azu, su esbelta figura de bronce, sus ojos razgados, su cabello negro lacio la hacían parecer una guerrera azteca. La puta europea le escupe a la prehispánica. La prehispánica no suelta una cacheta, le suelta el puño completo macizo como la roca y directo a los labios perfectos de la Azu. Comienza la fiesta.

La Azu se hace para atrás del golpe, la Perla va sobre la cabeza de su oponente y la toma por el cuello, la tiene bien sujetada y comienza a darle de puñetazos en la cabeza, Azu no puede más que golpear a Perla por los costados, ¡toma! directo a las costillas, le saca el aire a la morena que detiene sus golpes pero agarra de nuevo una bocanada de aire y continua moliendo la cabeza de su enemiga. De repente la esbelta figura de Azu logra safarse de los tormentosos brazos de Perla y antes de que ésta pueda reaccionar, Azu le acomoda un cabezaso en el pómulo, no fue suficiente como para abrir la carne de la indígena pero si para sacarla de balance, la gata europea saca las uñas y tira el zarpazo a la cara de su rival.

Los gritos de la multitud alentaban a una y a la otra, todos esperaban la pelea del año. Y de nuevo otro embate y los puños volaban de un lado para otro. En un descuidón Perla cae al suelo, Azu agarra una botella, fúrica y sin clemencia la estrella en el cráneo de Perla, el sonido del cristal, las astillas por los aires, todo el show era de primer nivel. Perla parecía derrotada y cuando Azu se acercó para darle el golpe de gracia, Perla agarró una piedra y se la estrelló en la cabeza. La puta europea se va para atrás y ve como hilos de sangre corren por su cabeza, su piel blanca pintada con el carmesí. La pelea había terminado, no hubo ganadora, incluso para los jueces sería dificil definir a la vencedora.

¿Fin? Pero por supuesto que no, es una pelea de mujeres, no de maricas. Perla arranca un pedazo de su blusa y la amarra a su herida. En ese momento mostró sus menudos senos enfudados por un corpiño. Todos se emocionaron y comenzaron a bufar, a aullar, a sacar su partr más animal y corear "¡chichis! ¡chichis!" Haciendo caso omiso Perla se dirigió a su oponente aún tirada en el suelo y cegada por la sangre en su cara. Comenzó a darle patadas por donde se pudiera, en las piernas, en los brazos, en la cabeza y de repente ¡zas! justo en las costillas, la niña de las pequitas se dolió y se puso en posición fetal, quería que una plascenta la protegiera pero no sería así. La de la raza de bronce siguió con su castigo una y otra vez, cada vez más cruel, más fúrica, más fuerte, demente. No paró hasta que escuchó cómo una costilla se rompía, hasta que la nariz era una mole, hasta que la cara era una volcán a punto de estallar. Las amigas de la Azu quisieron surtirse a la Perla por la espalda pero aquella había sido una pelea limpia, legal, nadie las dejó meterse, en cambio les dijeron que mejor se llevaran a la Azu al hospital antes de que se la cargara la chingada.

El Ches se sentía muy alzado al ver que se peleaban por él, pero ya le llegaría su hora.

Azu tenía los ojos color miel, sus mejillas eran rositas y estaban adornadas con unas pequeñas y numerosas pecas que también aparecían sobre su afilada nariz. Su cabello castaño caía suavemente sobre sus hombros y sus labios finos dibujaban una sonrisa que enternecía a cualquiera. A cualquiera menos a Perla.

2 comentarios:

ASsiLeM dijo...

y la pregunta es: como quedo despues de la madrina?

Inconexa dijo...

no habra revancha?

digo.. karma is a bitch.