Capítulo siete

jueves, 8 de noviembre de 2007

Hace unos días me tocó ser testigo de una pelea entre mujeres y no podría calificarla de otra manera sino: muy divertida, emocionante, sangrante, candente y por supuesto también sensual. Y recordé también las buenas peleas de las mujeres del barrio. Esas peleas eran muchas veces más interesantes que las peleas entre hombres, porque ahí no había nada de desgreñadas rascuaches, cachetaditas estúpidas o rimel corriendo por las mejillas porque ya estaban chillando.

Perla era una pirujilla recien graduada en la vecindad, era flaca como un palo, morena, de pelo lacio negro azabache con ojos un poco rasgados y méndiga como ella sola. A Perla ya le urgían los 18 años para poder darle rienda suelta al culo. Era hija de una teporocha del barrio, tenía 2 medias hermanas porque la mamá era puta de vocación y siempre andaba bien locota; ella también se llamaba Perla. La madre, cuentan en la vecindad, había sido una buena muchacha durante su adolescencia, no había terminado la primaria pero le ayudaba a su mamá en la tienda de abarrotes que tenían a media cuadra. Sucedió, pues, que un día se dio cuenta que era adoptada y su frágil temperamento no lo soportó, cayó en una depresión profunda y por supuesto que se refugió en las drogas. Jamás se repuso de aquel golpe a su psiquis y terminó siendo la teporocha del barrio. Su primera hija a quien llamó como ella, Perla, ejercía la prostitución desde muy pequeña y todo indica que fue por gusto. Jamás se quejó, por el contrario siempre estaba buscando clientes, amaba el dinero más que nada en el mundo.

Doña Licha era la abuela, una mujer muy respetable que con el paso de los años y el sudor de su frente había juntado algo de dinero y había terminado de pagar la casa donde vivían, o al menos donde a veces iban a comer su hija y sus nietas, siempre se hacía de la vista gorda aunque a leguas se veía a qué se dedicaban todas ellas. Era una mujer muy dura y todo mundo se preguntaba porqué no había podido controlar a su familia, quizá fue el amor de madre la que la cegaba y permitía cualquier clase de tonterías por parte de su hija y después sus nietas, quizá fue ese amor de madre que no tuvo la verdadera progenitora de Perla.

El último ser engendrado por Perla había sido un niño rubio al que llamó Miguel, "Miguelito" para todos los del barrio. Él era un niño bastante tranquilo o al menos nunca se supo que hiciera sus travesuras con todos los demás niños de su edad, quienes se dedicaban a no menos que quemar gatos con gasolina o estar haciéndo maldades a los vehículos estacionados de por la cuadra. A Miguelito le gustaba el fútbol pero no tenía un equipo favorito realmente, él siempre le iba a quien ganara, pero eso sí: nunca al América. No sabemos muy bien el porqué, quizá su padre que lo visitaba una vez al año le inculcaba el odio por el cuadro de Coapa.

Miguelito era un niño muy melancólico, y su madre Perla era muy cruel con él pues siempre le prometía que le hablaría a su papá para que lo llevara al estadio si él iba por "un encarguito" a la vecindad. El niño siempre llegaba corriendo muy feliz diciendo que su papá lo iba a llevar al estadio y que si por favor (porque era muy educado) le podían dar el encargo para su mamá. Crack. Adrián, el tipo sin escrúpulos le daba la piedra en una bolsita, luego le sacudía el pelo en forma de cariño y le decía que pronto lo iba a llevar a entrenar con el Atlas, porque él conocía al entrenador. Obvio también eran mentiras. El niño regresaba a su casa, le daba la piedra a su madre y le preguntaba que a qué hora iba a llegar su papá para llevarlo al estadio. Perla, ansiosa por fumar su porquería le contestaba llanamente que al rato.

Luego él se iba corriendo para la calle con su balón todo roto y se sentaba en la banqueta. "¡Migue! vamos a quemar este gato,¡vente!" "No puedo Luis, es que mi papá va a venir para ir al estadio" "Tú te lo pierdes".

Miguelito se quedaba horas sentado en la banqueta siempre volteando cuando se escuchaba el motor de un carro para ver si era su papá, pero él nunca llegaba. Las horas pasaban de manera tortuosa e incluso el sol se desesperaba y se ocultaba en el horizonte, pero el niño no perdía la esperanza de que iba a llegar su papá en cualquier momento. Su madre toda turulata le decía que ya era tarde y que no fuera vago, que se metiera ya a su casa. Miguelito decía que ya mero llegaba su padre, que ya lo había esperado mucho. Su madre salía en su asqueroso estado y lo metía a coscorrones, en su injusto castigo quería demostrar que en su casa había reglas como en la de cualquier familia respetable. "¡Te estoy diciendo que te metas cabrón, no seas maleducado!"En la cara se podía ver el sufrimiento pero solo cubriéndose de los coscorrones de su madre y sin decir palabra alguna se metía para su casa.

Así la historia se repetía al menos una vez a la semana, dependía de la loquera que trajera la madre, la puta de Perla. Si veías al niño sentado en la esquina era porque estaba esperando a su padre, escogía la esquina porque así podía ver al mismo tiempo las dos calles por si su papá se perdía o no se acordaba dónde vivía. O si no lo veías jugando futbol en la calle, era muy bueno para eso, siempre era el capitán cuando los otros vagos de la cuadra se aburrían de quemar gatos y decidían jugar futbol.

Ese día Perla estaba muy ansiosa, ya llevaba como dos días sin meterse drogas por falta de dinero. Al parecer ese día había logrado robarle algo de dinero a doña Licha y envió a Miguelito por el encargo. Miguelito dijo que siempre le decía lo mismo y su papá nunca llegaba, que ahora mejor primero llegara su papá y luego iba por el encargo. Perla no tenía ganas de discutir con el mocoso ingrato y amenazó con ponerle una chinga a su regreso pues sus ansias eran tantas que ella misma iría. Miguelito agachó la cabeza y se puso a patear su balón todo roto contra la pared de su casa. Perla se fue muy disgustada rumbo a la vecindad.

Miguelito se imaginaba que jugaba en primera división, que anotaba muchos goles como Hugo Sánchez y que pronto lo llamarían a la selección. En su imaginación ya había derrotado a los rivales más fuertes de la liga de futbol, él había quedado de campeón goleador, pero le faltaba lo más importante: ganar la copa. En su cancha imaginaria dejaba sembrados a los rivales pues no podían con la magía de sus pies. Uno tras otro se quedaba boquiabierto de cómo Miguelito dominaba el esférico y sin que pudieran hacer nada se dirigía a toda velocidad hacía la portería. Recorta al defensa central, le hace un sombrerito al lateral, ¡el autopase! ya sólo queda el portero ... Miguelito va por la copa, Miguelito va a anotar el gol que destruye empate, ¡Miguelito!, ¡Miguelito!, ¡Miguelito!, ¡Miguelito!...

El rechinido de las llantas era casi tan terrorífico como el sonido de la lámina del cofre golpeando el pequeño cuerpo que después azotaría de lleno con el cráneo en el pavimento. Silencio. Shhhh, Miguelito ganó el campeonato y está muy cansado, déjenlo dormir, él es el campeón goleador. Miguelito salió en los brazos de sus aficionados que lo vitoreaban por lograr el campeonato con tan sólo 5 años. Sus aficionados estaban vestidos de blanco y querían despertarlo, lo subían a un carro alegórico con una sirena en el techo, con sus farolas azul y rojo. Todo el barrio se arremolina a su alrededor para ver al campeón. Gritan, lloran, no lo pueden creer. Ahí están todos: su madre la teporocha, su Abuela desgarrada de la emoción, sus hermanas, Luis el que quema gatos, Pitus, Juan, Lover, Adrián... están todos, menos su papá.

Miguelito q.e.p.d.




2 comentarios:

ASsiLeM dijo...

ahi drastico

Despota e Insensible dijo...

Que fantastico hubiera sido terminar como Miguelito. Lastima que el esa niña que espera a sus padres sigue dentro de mi. Ojala le sigas con estos capitulos.

Besos